Había colocado su orejita de tal manera que podía escuchar todo lo que dijera “El Embrujado”. Uno decía que estaba loco, otro que el diablo estaba asido a él, y el cual más sabía que existía una orden. Todos aducían que eso era justo, luego que se enroscaba y llegaba a cualquiera de los resquicios a donde estuviera. Captaba todo lo que decía. Si se dirigía a la cocina, a una de las habitaciones, al baño o al patio, hasta allá llegaba. Era un mandato siniestro haciéndole creer que era un fugitivo. -Es el mismo diablo, dijo uno. -Un degenerado, dijo otro. - ¿Un antisocial? Preguntó, alguien. -Sí. Dijo otro, de voz bronca. Desde que “El Embrujado” llegaba, lo perseguía por toda la casa. Y cuando se ponía a hablar solo, el vecino le golpeaba tres veces; y sí se iba para la otra habitación, o al patio, hasta allá llegaba el sonido de los tres golpecitos. Era aterrador. No lo dejaban dormir. Creía que lo iban a matar. Si salía de la casa, uno de los vecinos hacía lo mismo y lo pe...
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