| Relato nuevo. |
Tal vez nadie pueda imaginar lo que puede suceder a alguien
en la mitad de la noche en una calle solitaria adonde la complicidad de las
estrellas y el murmullo de las sillas de un negocio, luego del chirriar de la
reja con el cierre intempestivo que provoca el dueño, y que solo los ruidos por
el movimiento de mesas y botellas apenas se sienten entre el grito de otro que
alcanza a decir antes del fogonazo y resplandor que deja su estela:
- ¡Ud. se muere hoy!
Bordeaba la media noche y el cielo estaba estrellado, como
en los tiempos que seguramente otros habían estado esperando la noticia de su
muerte muchas veces, luego de ser planeada meticulosamente, y esperando
impacientes el resultado de una de las últimas afrentas en la que un atracador
aparenta un robo, cuando en realidad estaba haciendo un trabajo de sicario.
Así sería la continuación de la zaga de una extraña
persecución y de hostigamientos de gentes desconocidas y supuestos
comerciantes, lo mismo que de aparentes autoridades y vigilantes privados que
con sus historias acerca suya, a cuenta de esos imaginarios que pareciendo de
buena ley, lo querían enredar con los rumores de lo que podría llegar a ser con
tal de verlo muerto, o en una prisión donde esas lenguas voraces con cada
historia que contaban ante los demás, lo estigmatizaban, y así iban agregando más
leyendas con el fin de ofender, qué ya nadie sabía si eran ciertas o no.
Y es que con estos rumores tejidos a su alrededor estaban
destinados a callar toda una serie de eventos trágicos que le fueron
sucediendo, como si con ello aquel intento de asesinato en que el delincuente
termina siendo la víctima, y la víctima es la culpable de su muerte, como si
las leyes en ese frenesí en que muchos estuvieron comprometidos se aplicaran en
su contra. Y era un país extraño que parecía que no hubiera ley, porque en esas
calles otros eran los que mandaban y actuaban mancomunadamente con imaginarios
que sí lo eran.
Unas tragedias que le irían anunciando de acuerdo a las
vivencias que iba teniendo, como si con ello saciaran sus instintos malevos,
queriendo decir que estaba destinado a lo que sucedería. Lo van a atracar le
decían por las calles, y lo hacían. Lo van a matar, y lo intentaban, hasta que
luego del fracaso mediante esas torturas sicológicas que a diario le hacían por
las calles, lo fueron volviendo paranoico, y llegado el momento resultó
corriendo despavorido por las mismas rondas y con ganas de arrojarse a un carro
en movimiento. Sucesos que le fueron sucediendo de manera infame en los que
aseguraban que era esto, o lo otro, regando rumores siniestros entre la
muchedumbre, y preparando el camino para que sucediera lo que vaticinaban. En
aquellos años fue conociendo gentes que no sabía de dónde provenían, pero que
se acercaban a contar historias extrañas que lo sugestionaban, pues estaba
recién salido de una operación de la columna vertebral, precisamente a raíz del
insuceso que casi lo mata. Hechos que desde mucho antes lo fueron llevando a la
locura en medio de esos vericuetos mentales en que estaba, porque si miraba por
la ventana del apartamento de una tía en el sur de Bogotá, veía a un vecino
suyo sentado en el amplio patio con el césped verde de aquella urbanización, en
el que un primo suyo que no era de sangre, un tiempo después lo vería en el
mismo estado en que estuvo antes de tratar de arrojarse a un carro en plena vía
pública, en el centro de San Victorino, e ido de sí mismo como si alguien lo
hubiese drogado sin darse cuenta. El tal vecino sentado en el patio de la
Urbanización San Carlos le diría después, que no sabía de qué hablaba. Pero
como en las calles todo se sabía, terminó por comprender que era cierto. Eran
mentiras. Otro le había contado que sí. Que su oficio era ese: "Servir a
los mejores postores." Y todo había comenzado desde muy joven por no decir
que de niño. Recordaba que por su propia condición, amigos que conoció y con
los que compartió parte sus sueños, algunos parecían ser aventajados artistas
de calles donde a veces se enervaban para ofender, mientras después le
confesaban que se habían burlado para ver cuál sería la reacción del ofendido,
o daban rienda suelta a su imaginación para contar un chiste o una historia de
esas que frecuentemente le hacían los que se acercaban, con el fin de que les
creyera las historias que contaban, como si de antemano alguien por lo alto del
poder, estuviera interesado para decirle de otras maneras lo que querían
afirmar; mensajes sutiles que le recordaban atracos que le hicieron, o intentos
de asesinato en los que le querían decir que eran de ley, o cercanos de
amistades de familia, donde muy sutilmente le recordaban, quién lo quiso matar
en una casa que vivió con otra tía, o tal como le sucedió en otra que permutó
en Bellavista por un apartamento en la Fragua en Bogotá, en la que una muchacha
disfrazada de hombre y dos atracadores con revolver en mano, lo trataron de
llevar a rastras a una zanja que hay a la entrada de aquel barrio, por la
carretera que lo lleva a uno a la ciudadela Alfonso López. Suponía que era
porque alguno de esos hombres de ley, expertos en esos actos de teatro donde
hacían sus trances aparentando ser amigos, cuando en realidad lo querían matar
o enloquecer, y todo porque una familia creía que no tenía derecho a heredar, o
porque con su muerte querían tapar algún delito que desconocía, y solo para
enredarlo en un país de marcas. Especies de agentes dobles y encubiertos que
trabajaban en las calles, y así refrendaban lo que dijo una amiga cuando la
volvió a ver después de varios años de estar loco, y con varillas en la columna
vertebral, tras superar el shock mental en que lo tuvieron por esas avenidas,
supuestos agentes del orden mediante los esbirros que a diario encontraba en
las calles, dispuestos a venderse por cualquier vicio que le dieran, o por
quedar bien con quienes trabajaban con el fin de mantenerlo amedrentado, y
tratando de que mantuviera enajenado mentalmente, mientras trataban de
acomodarse a las nuevas circunstancias de su vida, en la que nuevos personajes
aparecían diciendo que lo habían conocido en otro tiempo, cuando en realidad
sabían que vendía sus bisuterías, para así acercarse a ver qué decía, y de esa
manera contar a aquellos interesados que en medio de esas cacerías de brujas,
lo querían enloquecer.
- Ud. conoce a algún duro, le dijo en aquella ocasión una
amiga.
Recordaba que en esos tiempos la creía sincera, pero luego
de más de varias décadas de conocerse, una vieja historia sucedida con un
supuesto amigo de esta, que quería que lo recomendara para que el dueño del
apartamento donde vivía se lo arrendase, justo cuando recibiría la herencia de
un apartamento por parte de su papá, y que mirando en una de esas fotos que
regaba la gendarmería lo vio allí, y de otro que lisonjeaba como predicador de
sueños que necesitaba que le enviaran desde Cúcuta papel de fotografía que
necesitaba para ganarse unos pesos, y todo esto luego de conocer parte de sus
historias al final de su vida. Algo parecido a lo que mucho tiempo después le
sucedería varias veces, a los comerciantes a quienes vendía, y en su mayoría
mujeres que no le volvían a comprar, y así luego sabría que sus esposos eran de
ley. Como si de joven la gendarmería lo tuviera en la lista negra de los
delincuentes. Le recordaba mucho algo que le sucedió de joven en una plaza de
mercado, muy cerca de una estación de bomberos en su ciudad natal, en que
al ir a entrar a un negocio un vendedor callejero lo ofendió, y al evitarlo
otros le salieron por esa misma carrera, y trataron de frente de quitar el poco
dinero que llevaba en uno de sus bolsillos, y todo porque acababa de publicar
sobre las vivencias en las mismas plazas. Era una amenaza sutil, y de eso ya
habían pasado once años. Sus ojos estaban puestos en este, y a toda costa, tal
y como le sucedió en Bogotá, lo querían ver deambulando por esas calles sin ton
ni son, para así justificar sus desmanes, que con sus bocazas las contaban a
todo pulmón. Lo que decía su amiga no era de creer, y la confundió con una de
esas divas que se ven en las películas, expertas en ese difícil arte de
suplantar personajes famosos para que le creyeran. Y sin embargo, le fastidiaba
recordar lo que dijo, acerca de que era amigo de un duro. Ni siquiera sabía
cuál era el duro, y menos después de vivir una odisea para salvar la vida.
Siempre había creído que estos personajes eran de ley porque los conoció de
joven, por no decir que de niño, cuando con un amigo muerto hacía años en una
detención que le hicieron unos agentes secretos de un organismo estatal ya
extinguido, en que los llevaron a esos socavones que tenía aquella central de
inteligencia a unos interrogatorios, en los que uno le quiso hacer creer que hacía
parte de esos revoltosos y soñadores de los que atentaban contra la ciudadanía,
cuando en realidad trabajaba con unos familiares en el mismo sector que tanta
fama le ha dado a Bogotá, y con los años entendió que este era un país de
marcas, adonde lo mismo que sucedió en la película de "Investigación de un
ciudadano libre de toda sospecha" el implicado era el propio investigador
de la ley, y a cuenta suya va dejando pistas donde otro resulta implicado en
una investigación en la que sus compañeros de trabajo no creen que sea el
culpable del delito cometido, sino de aquel al que sus compañeros de
investigación policial van consiguiendo pruebas, a cuenta de montajes de ley.
Era una zozobra que le generaría por años mortificaciones, y no tantos como los
que tuvo desde que casi lo matan en esa noche en que alcanzó a ver el
resplandor, y a cuenta de este suceso a diario se lo recordaban de otras
formas, y gracias a lo que contaban más personajes que se acercaban a decir
historias macabras, o vecinos acuciosos que haciendo sus teatros personales, le
querían echar algún cuento que otros inventaban sobre este, que incluso en
plena vía pública y a los ojos de todo el mundo, hacía poco tiempo otros
ladrones lo atracaron en una ciudad diferente, y cuando fue a denunciar uno de
esas autoridades que acudieron en su ayuda dudaba, y luego de ser aporreado en
un sutil intento por sacarlo de esta vida, o hacerle caer en cuenta que alguno
de esos que dicen son duros, porque tienen poder en esos mundos salvajes, en
realidad no quería que contara todas las circunstancias vividas.
- El que golpea primero golpea dos veces, se lo dijo en otro
tiempo aquel amigo que conoció de joven.
El comisario recordó que el Embrujado en algunas ocasiones
cuando quería publicar un blog, antes lo redactaba y lo guardaba durante un
buen tiempo, y sin embargo algo le sucedía por las calles, como si alguno de
esos imaginarios que burlan la seguridad privada de las personas en sus correos
y computadoras o celulares, los leyeran desde sus oficinas para saber qué
decía; y como si fueran esos brujos modernos y virtuales que todo lo sabían, le
iban informando por las calles mediante atracos, lo que decía o iban a hacer en
esos ardides que pareciendo robos, en realidad estaban amenazando y
constriñendo de manera privada en el lugar que vivían. Una historia vieja que
conocía acerca de este caso, cuando aquel amigo con su manera de hablar,
denotaba de qué ciudad era, y sobre todo porque en una población tan pequeña
los rapaces actuaban para robar, además que aparentaban lo que no eran.
-Son ladrones de sueños, dijo Conciencia.
- El que golpea primero, dijo el comisario Rincón; son las ínfulas
de los que en ríos revueltos tratan de aprovecharse de lo que puedan, lo dijo
recordando al amigo de estos tiempos pasados.
- ¿Me estás leyendo ladrón? Dijo el Embrujado. Cada que
llego a alguna casa a vivir, algo me tienes preparado. Sois un ladrón
disimulado.
- Mentiroso. Te queríamos robar el celular, metiendo a otros
con el fin de crearte enemigos de calles, es que somos Pilatos.
- Blasfemo.
Así se lo dijo en otro tiempo la esposa de un
imaginario, luego que llegando a la casa lo atracaron con cuchillo en mano, y
al otro día, esta se levantó a barrer y golpear en la puerta de su casa en el
barrio Centenario, como si fuera una bruja de esas que el populacho pinta
montando por los aires con sus escobas, y que fueron muy comunes en la edad
media, gracias a los rezanderos de dios.
- Estaba recién llegado, dijo el comisario Julio Rincón. ¿Y cómo
fue? Le preguntó a míster montajes.
- Comisario, dijo Mentiras Frescas, es que así embarcamos a
los que tienen sus marcas, para que estos hagan lo que los intelectuales de la
muerte desean. Y así nuestro gran jefe se lave las manos, y se lucre del
atraco.
- ¡Jua! ¡Jua! Que broma tan perfecta.
Le planean la zozobra para hacer lo mismo que han hecho cada
que se muda de vivienda, utilizan a los ladroncitos para enredarlos más de lo
que están, para que como bobos caigan en sus redes infernales. Son los Pilatos
de nuestro tiempo.
- Pilatos, dijo Conciencia. Te queréis lavar las manos.
Imaginario bufón.
- Mire para el cielo, dijo Mil Muertos.
- ¡Buah! Dijo, Mentiras Frescas.
El comisario Rincón intervino, para seguir contando su
historia.
Ud. llega a un negocio, y allí se aparece otro con el mismo
apellido del que digo, y le pide al paisa dueño de la tienda, que le permita
colocar un ventilador a ver si está bueno, mientras por WhatsApp otro le
escribe preguntando qué si vende joyas de acero para caballos, y todo a raíz de
que un amigo le envió un vídeo sobre cómo los campesinos llevan a lomo de
caballo lo que cultivan (arvejas) en medio de los torrenciales ríos que tienen
que vadear para así poder llegar a los negocios de las plazas de mercado, como
si estuviera publicitando un vídeo sacrílego. Le acaban de hacer un montaje de
atraco, y como tiene que ir a la Fiscalía, este imaginario le prende el
ventilador a su lado, para que confiese lo que no ha cometido. Y así amedrentar
de esta manera.
- Vaya forma de matar el tiempo, y hacer montajes para
ganarse un sueldo, en vez de perseguir a los delincuentes, dijo Conciencia.
- Mírenlo, dijo el comisario. Para eso tiene la tecnología
de ayer.
- Y qué, dijo Ríos Revueltos. Nos pagan sólo por hacer esas
películas. Les duele. ¿Acaso Netflix no gana con eso?
El comisario Rincón recordó lo que Conciencia le había
comentado hace más de 50 años sobre este caso, en una historia adonde este en
un país de montajes, lo habían injuriado e intentado matar.
- Se acuerda de la tía?
- Hable bien tatareto.
De niño lo había sido.
- No sos de ley. Sois mala leche. Pícaro disimulado, dijo
Conciencia. Falso negativo. No crees, ni en tu propia sombra.
Y así le hizo recordar a viejos amigos que hoy son
eminencias en el mundo, y portadores de las nuevas tendencias en Internet.
No entendía. Recordaba más de veinte atracos, e incluso lo
hicieron con el fin de amedrentar, mientras Pilatos, como cualquier vulgar
truhán había preparado su último montaje, que le recordaba lo sucedido en el
barrio Restrepo de Bogotá, que queda cercano a una estación de policía, y cerca
de la casa en que vivió más de treinta años donde le sucedieron accidentes
extraños, e intentos de asesinatos perfectos.
- Calle bocón, dijo Mentiras Frescas. ¿O es que no te
acuerdas del amigo que te drogó con dos tragos, y te quitó los sueños
juveniles, y robó el sueldo completo del magisterio?
- Creo que me acuerdo. Algo recuerdo. Era un chófer que
estuvo por Panama y nos contó historias de comerciantes marimberos, dijo.
- Sí dijo Conciencia. Amanecen con la lengua trabada y sin
recordar nada, mientras mañosos van montando sus historias truculentas.
- Cállate, te digo. Lo estaba vigilando desde el carro
cuando lo llamaron. Y tan noble que parecía. Uno de esos automóviles blancos
que reflejan tranquilidad.
- O sea que hiciste que dos chóferes con sus camiones se
atravesasen en toda la calle para impedirte el paso, y así aparentar que
quisiste ayudar, pero no pudiste pasar a perseguirlos con tu revolver en la
mano, mientras el ladronzuelo lograba su cometido, y tras arrojarlo sobre el
pavimento, salió corriendo y escabulléndose sin que los testigos digan está
boca es mía. Sois un buen Pilatos. Válgame, Dios.
Era una historia que el comisario recordaba como si fuera
hoy. Llega con una tía al Barrio Centenario en Bogotá; y allí aparecen unos
vecinos con sus ínfulas, y preparan lo mejor de sus montajes, advirtiéndole
mediante amigos que Damián lo iba a morder.
- ¿Damián?
- Ah, no lo sabe. ¿Luego no se acuerda de los alemanes que
llegaron en los tiempos en que el tiempo no era el mismo de hoy?
- No recordaba.
- Y no sería las de aquellos judíos que engañaron allá, y
aquí.
- ¿Un perro pastor alemán?
- No era enrazado. Dijo Primorov. Era un gozque.
- Estás muy viejo para contar esas historias, dijo Mentiras
Frescas. Esa no es mi película preferida.
- ¿Cuál entonces? Preguntó el comisario Rincón.
Era una historia antigua que no se compadecía con ninguna de
las gentes que pudiera vivir en este país. Eran los trásfugas que uno puede ver
a diario merodeando a ver, qué mal le pueden hacer a otro. Y aunque no lo crea
pueden matar disimuladamente mediante otros.
- Los ladrones no tienen moral, dijo Conciencia.
- Y sabe qué, dijo el comisario Rincón. Son tan buenas
gentes que si lo ven muerto, se acercan a dar sus condolencias a sus seres más
cercanos.
- Trásfugas! Gritó.
Era una historia comenzada desde hacía mucho tiempo contra
una persona, en que sus amigos aparecían por cuenta de otros, mediante esos
trabajos de sicología en que lo defenestraron, lo mismo que se hace con los que
son perseguidos por ser delincuentes, y que les colocan apodos para que todo el
mundo sepa.
- ¿Y qué clase de trabajos son estos? Preguntó un incauto
que no entendía nada.
Y aunque el comisario Julio Rincón le quiso advertir,
prefirió callarse lo mismo que hacía Conciencia. Era una historia vieja que
conocía alrededor de este caso. Falsos Negativos en que atisbando tras las
sombras, estos personajes no eran más que los mediocres que la sociedad forma y
cría, tal y como sucedió en los tiempos en que una loba amamantó y crío a
Rómulo y Remo, los fundadores de Roma, y con los que creó falsos sentimientos
de culpas.
No era casual.
- Ahora sí, sigamos con lo que decía el Embrujado acerca de
aquel amigo que le decía que el que golpea primero, golpea dos veces.
- No, espere dijo Conciencia. Falta algo por contar.
- ¿Se acuerda de ojos azules?
- No lo era, más bien sus ojos eran cafés oscuros, pero en
esos tiempos, así lo llamaron.
Aquel lo esperó una mañana luego de regresar de Venezuela a
la casa donde siempre vivió con la tía en Bogotá, después de morir en un
accidente de tránsito.
Salía de la casa muy temprano a comprar unos herrajes en San
Victorino para hacer sus bisuterías, y cuando ya este lo estaba esperando.
- Camine cucho a ver qué es lo que sabe.
Lo agarró por el cuello por detrás, casi que ahorcándolo. Y
cuando vio que venían los carros a mil por la autopista del sur en Bogotá,
medio soltó el apretón luego que este vio el dedo índice con el que también le
hizo creer que era un revólver. Al ver lo anterior se soltó, mientras el vecino
que hasta ahora lo conocía, porque seguiría viéndolo después, corría; y víctima
del susto trataría de protegerse corriendo hacia la mitad de la avenida en
medio de los carros que pasaban raudos como bólidos y sin control, y al saltar
rápido para esquivarlos, otro que desde hacía años se le aparecía por la plaza
de mercado del barrio Santander, apareció como a las ocho de la mañana,
haciéndole creer que lo iba a agredir. Era un embolador, y además, zapatero.
Se burló cuando le dijo:
- Desgraciado HP. ¿Me quiere matar?
Y siguió tranquilo, como si no hubiera pasado nada.
- Asesinato perfecto, dijo el comisario Julio Rincón.
Y ahora estos se lo querían recordar de otra manera. Los
motociclistas pasaban señalando el lugar donde vivía en espera, para ver cómo
justificaban el atraco planeado de antemano, mientras se burlaban y miraban a
ver si lo veían, como si el jefe hubiese regado la voz de que lo hicieran, tras
el atraco de aquellos bobos que quedaron marcados sin saber que los querían
hundir más. Y se movían en sus motos buscándolo por todos lados con el fin de
amedrentar.
Cuando pasaban por su lado, le hacían gestos truculentos con
sus manos, donde le decían con sus dedos en la boca que se callara. Se acordó
de otros tiempos en el barrio Santander de Bogotá, y muy cerca de aquella plaza
de mercado que hay, donde una radiopatrulla pasó por su lado, y lo rozó
disimuladamente, y de pronto sin intención por equivocación del chófer.
- ¡A trabajar! Le gritó risueño aquel agente.
Y muy cerca donde el esposo de una cliente, y pensionado de
imaginario, días antes para asustarlo, a sabiendas que estaba en ese momento
desequilibrado mental, por tantas tragedias de atracos e intentos de asesinatos
perfectos, mediante compinches que casi lo hacen atropellar de los carros por
las vías públicas, le contó cómo había matado a un supuesto delincuente con sus
propias manos.
- Un buen actor, dijo Conciencia.
- Y de mala imaginación, dijo el comisario Rincón.
- Es que todos creen que es chiflis.
El Embrujado en aquellos tiempos debido a tantas amenazas y persecuciones,
debió abandonar por mucho tiempo su actividad laboral.
- Pague ladrón, le decían para justificar sus canalladas.
Y es que desde muy joven, de cuando era estudiante, algunas
autoridades lo quisieron hacer pasar como delincuente, y además en una reunión
estudiantil en Medellín en el peaje que tenían los custodios antes de llegar
junto con un amigo, les retuvieron los papeles de identidad, y les dijeron que
se los devolverían -según ellos- solo hasta cuando salieran de la ciudad.
Prefirieron perderlos. Años después en San Victorino iría entendiendo aquella
marca, luego de comprender que desde lo alto del poder alguien, o algunos le dañarían
su vida y su honra, tras todas sus historias canallescas, mediante esos lances
de agresión que con frecuencia hacían para justificar sus actos vandálicos.
Eran otros tiempos cuando comenzó aquella marca sin saber
por qué. Damian casi lo mataría en su misma casa defendiendo a su mascota, y
allí las autoridades lo injuriarían cada que podían hasta obligarlo a irse
hacia Venezuela. A veces creía que alguien había cometido un delito en su
nombre, y por eso lo perseguían, o urdían sus rufianescos planes con tal de
hacerlo aparecer como un ladrón.
- Disque político, dijo Mil Muertos.
- De qué, dijo otro. Con esas historias los disfrazan. Ese
no es nada, de nada.
- Entonces es un ladrón, dijo Bufón.
- En este país todos somos cafres, así lo dijo un político
que fue presidente.
- Buah...!
- Cállate Mentiras Frescas.
- Si, ve dijo Mentiras Frescas. ¿Ves lo que estás diciendo?
- Así son los montajes, dijo el comisario Julio Rincón. De
pronto le arrojan un carro, terminó diciendo.
- ¿Cuenten qué les debo desde que nací? Dijo el Embrujado.
Se hicieron los equivocados.
- Veamos, dijo Rufian. Lo que hay que hacer es lo de
siempre. Crear el enemigo, es fácil. Luego seguiremos machacando sobre eso. No
se olvide que hay, que hacerlo como lo hemos hecho desde siempre.
- Desde joven, y tal vez desde mucho antes, dijo el comisario
Julio Rincón.
Aquella noche había sido funesta. Lo intentaron matar entre
la oscuridad, y el susto ante el cierre intempestivo de aquel negocio, como
aquella vieja historia de García Márquez, en que todo el mundo sabía que lo
iban a hacer, menos la víctima.
- Sabe qué, dijo otro. Lo queremos chiflar.
- Ah, no me diga, dijo Conciencia. Pregúntele al comisario
Rincón, y sabrán que desde que estaba joven le achacaban historias que no eran
ciertas. Y siempre...
- Que se calle, dijo Mentiras Frescas.

Comentarios