3. Historias de terapias


Hay terapias que pueden ser mortales. Si los que las hacen no triunfan, saben que les queda esa marca sicológica a sus victimas, y sobre ellas seguirán atormentando. Y no le dicen ni una palabra al agredido, pero entre ellos siguen trabajando sobre lo mismo. Así hacen de esa presión sicológica un rumor en las calles que incluso lo usan contra sus hijos, y a todo aquel que les deba algún favor lo meten en el entuerto, que incluso participan familias  de esas cadenas siniestras por que  los delitos que han cometido deben resarcirlos de esta manera. Obligados deben apoyarlos.
 
Al "Embrujado" no solo le pasó en aquella casa si no que incluso en otro país también se la hicieron.Así fue como apareció el comisario Rincón en su vida, mucho antes que comenzara a escribir estas crónicas que no tienen nada del otro mundo, pero como andan confundidos también a uno lo agreden creyendo que es el mismo que escribe.
 
Y no, se las dicta el comisario Rincón para que caiga en la cuenta que ni lo de "La Casa Embrujada" importaba, sino que el fin único era asesinar al imaginario del "Embrujado". Estas historias no existirían ni nadie ajeno a estos personajes las sabría, igual a como sucede en la vida real que algunos se mueren por un infarto o un envenenamiento raro que ni la ley ni nadie se da cuenta. Todos quedan tan felices que seguramente hablaran entre ellos de sus propias morbosidades que pudieron haber hecho. Tal vez no lo crea pero ésta que sigue puede ser una de las mejores terapias que he visto.
 
Un psíquico enloquecido asesinando a su víctima mediante el miedo y la sugestión. Vea que lo que sucedió al "Embrujado" tal vez le pudiera pasar a Ud., aunque hace parte de una leyenda que comenzó desde que nació tal y como se lo uno conocido de Bello Horizonte desde niño.
-¿Sabe cómo me llamo? Se lo preguntó en son de broma.
 
Se le acercó por los lados del Jordán a decírselo, mientras "El Embrujado" recordaba que juntos estudiaron en el mismo colegio. Era un vendedor de la suerte que mediante el artilugio de su pregunta le insinuaba algo, y aunque este no le supo responder, enseguida le siguió diciendo:
- Mi nombre es el de un personaje bíblico.
No le pudo decir cuál.
- ¿No recuerda el del "Salvado de las aguas"?
- No, le contestó "El Embrujado"
- Moisés, le respondió.
 
Esta era la continuación de una de las muchas terapias que durante esos días pulularon por las calles como si todo un grupo de gentes estuvieran interesados en amedrentar para que olvidara los últimos acontecimientos vividos en "La Casa Embrujada", y que como terapia se dedicaron a contarle quiénes y cómo lo habían intentado matar, como para que supiera que mandaban en las calles, y que no era nadie. No merecía vivir. Y sin embargo sabía que estos personajes más que bandidos no eran más que unos vividores a costillas de otros. Alguien les pagaba, o algo se iban a ganar. O a alguien les irían a cobrar su muerte. 
- O sea...
- Así lo parece, dijo un malevo.
- ¿2, 7, u 8 años?
- No me lo diga, sentenció el comisario Rincón.
 
"El Embrujado" no se llamaba Jeremías, pero de acuerdo a lo contado por éste, Amado se le apareció un buen día por el barrio Centenario, cuando quería sacar fotocopias a sus papeles de estudios y de trabajo en el magisterio, antes de presentar unas pruebas para el concurso de docentes que había en el Distrito Especial de Bogotá. Lo siguió un buen trecho, y nunca más durante un buen lapso de su vida, supo de él. 
 
Tiempo después, habiendo pasado las pruebas de ese concurso, las fechas de su citación a la entrevista por la web  nunca la pudo saber porque en todos los cafés internes a donde entró en aquel vecindario infernal, al mirar y hacer clic  donde figuraba su nombre de aquel programa no funcionaban. Como si el link hubiera sido puesto por alguien que desde lo alto del curubito del poder le interesaba que no se presentara. Al otro día después de haber pasado las pruebas de las entrevistas en una universidad estatal que queda por los lados de los cerros orientales, al éste mirar nuevamente, el link  ahora si estaba activado como si fueran los mismos directivos responsables de las pruebas los que lo hubieran hecho a propósito.
 
Decidió ir él mismo a la universidad a ver qué había pasado. Al intentar hacer una carta para dirigirla a los encargados de los que hicieron la entrevista, ya que la suya ya había pasado, Amado se apareció nuevamente aduciendo que lo mismo le había sucedido. Conocía a los profesores e incluso le presentó al jefe de dicho encargo por el gobierno, mientras le confeccionó como todo un experto en manejar las técnicas básicas de la computación, y sin que hubiera una copia de lo solicitado para ver si era posible la posibilidad de la entrevista no hecha en el tiempo programado por los encargados, y se la entregó al supuesto director. Solo un correo recibió al otro día, que fue borrado por algún hacker en otro tiempo, mientras que fue casi que la última oportunidad que tuvo "El Embrujado" para tratar de rehacer su estabilidad económica.
 
Amado lo invitó a que se fuera en el carro de este para el centro, mientras le dijo que lo esperara un momento. Ahí comenzó la sugestión, cosa que el comisario Rincón lo supo, y le advirtió a este que había de por medio una confabulación contra él que venía desde la Culebrera.
-¿Y las placas del...?
 
No importaban,  pues estaba vivo. "El Embrujado" vio cómo hablaba  Amado con otro que parecía ser un profesor de aquella universidad, y así fue cómo comenzó a recabar en su memoria que lo había visto ya antes hacía muchos años en algún lugar, como si fuera en algunos de los mítines que hacían los estudiantes en la época de su juventud, y sin saber a dónde. Presintió que éste lo quería llevar por esa avenida solitaria por un buen trecho de esta hasta la ciudad, y como pudo se bajó y se fue solo. Después volvería a ver el carro en el interior de la entrada de aquel laberinto en el que vivía como si de esta manera le estuvieran haciendo su terapia, y nada menos en el mismo automotor en el que había llegado a sacarlo el supuesto hijo de la tía que en su interior casi lo mata.
-Si quiere llamo a la policía, le dijo el día que le tiró con el empeine de su mano sobre el hombro izquierdo, donde "El Embrujado" había escrito en estas crónicas que era ese el lado del cuerpo que se le dormía, y que hizo que en una ocasión se cayera.
    
Comprendió que esa era la manera de hacer las terapias para atormentar, y qué Moisés al decirle quién era, lo que hacía para recordarle otra historia de niño, cuando se quiso bañar en una quebrada de la Virginia (Tolima), al ver que unos primos suyos que eran menores que éste, decidió hacerlo en ropa interior, ya que no tenía pantaloneta de baño.
 
Ante el asombro de estos familiares lo que siguió fue que un familiar le obsequiara una pantaloneta nueva que quiso estrenó  en uno de los bañaderos que hay en "El Salado" y donde casi se muere ahogado. Como creía que nadar era lo mismo que andar común y corriente sobre el piso, sin entender que así no se hacía, se lanzó directo al charco en un día de diciembre en que los vecinos de la familia con la que vivía fueron a festejar el fin de año.
 
Francisco lo Salvó. Un mecánico que trabajaba por la calle 16 de Bello Horizonte, y que era como su hermano mayor, evitó que se ahogara cuando ya había tragado mucha agua. Vio cuando sus manos volvieron a salir a flote de entre las aguas, mientras su madre pedía auxilio. Gracias a que nadaba perfectamente, logró zambullirse lo suficiente para impedir que se hundiera para siempre. Un susto fatal que otro amigo quiso explotar al invitarlo a nadar a la reciente represa de Hidro Prado, y que en Catia la Mar en Venezuela otro lo invitaría a lo mismo. Para "El Embrujado estas eran terapias mediante las cuales le querían recordar esos aspectos trágicos vividos". Así comprendió que en la vida real existían estos perfectos personajes que sabiéndolo todo, mediante los recursos psicológicos y los complots que urdían con sus sabuesos de calles podían enloquecer al que tenían dentro de sus marcas, o llevarlo incluso a la tumba. Para ellos, el respeto o la moral y las buenas costumbres no eran nada. Incluso no importaba que fuera un inocente al que estuvieran importunando, ya que eran pragmáticos en sus quehaceres, que se parecían a las pruebas de fuego que en los tiempos del medioevo los inquisidores usaban sin importarles nada respecto de las vidas de sus torturados. Los obligaban a confesar los delitos no cometidos mediante esta prueba que siempre terminaban en una muerte cruel. Así fueron las pruebas diabólicas que llevaron a millares de inocentes a la muerte, que no eran más que la justificación de manera legal de sus crímenes con el cuento que eran los que participaban en sus cofradías contra ese enclaustramiento clerical, cuando en realidad lo que querían era una libertad religiosa.
        
Y sin embargo, aquel que parecía un profesor de dicha universidad, y con el cual había charlaba Amado, lo conoció en uno de esos cursillos de política que se hacían en la universidad Central en Bogotá, cuando este desde Bello Horizonte fue a hacerlo. Si. Tardó como dos o más años en reconocerlo, hasta que recordó que era de otra Virginia que hay en Risaralda y que con él habían tenido unas prácticas políticas en la organización de mítines por los lados del barrio de invasión  El Quindío. Era una terapia para amedrentar, e incluso para matar.
-¿Y lo del carro, qué? Le gritó su alter ego.
 
Si. Esta terapia que siguió fue todavía peor, como si fuera la constatación de que siempre había sido perseguido por estos imaginarios. Era posiblemente la mejor y la peor de las terapias.
- Cuéntela, le dijo el comisario Rincón .
- Si. La voy a a contar, dijo "El Embrujado".
- Son del alto curubito del poder, dijo su alter ego. Es la persecución de toda una vida.
-Veamos, dijo este.
 
La intimidación no solo era psicológica, sino que también estaba acompañada de golpes sin que nadie se diera cuenta. Se trataba de matarlo no solo a punta del miedo sino de...     


Compre o regale un libro.



Sígueme en WhatsApp siguenos en facebook siguenos en Twitter Síganos en You Tube Sígueme en Likedin síguenos en pinterest

Comentarios