1.
3.
El comisario Rincón que creyó que todo lo
sabía, se vio apabullado cuando
“Conciencia” le increpó:
-En nuestro país todo se sabe, y sin embargo…
-Sí, respondió el comisario, todo se sabe.
En los asesinatos perfectos siempre existía un
motivo, o algo que movía a los criminales para cometerlos. Eran esos personajes
que a diario uno ve en una plaza de mercado, en una oficina, o en cualquier
sitio, sin que nadie tenga la más mínima sospecha de lo que en realidad son. Y
si se adentraba -en estos tiempos- es muy probable que encontrase a más de uno
conspirando contra otro, sin que la vida les importe, porque como aquella
canción de José Alfredo Jiménez: “La vida no vale nada”.
Sujetos siniestros que cualquiera puede ver a
la vuelta de la esquina, y donde confabulan contra fulano o zutano en torno a
una posible herencia que este pudiera recibir, o porque el runrún los incita a
satisfacer sus apetitos personales, o porque la casa en que vive puede
posiblemente en algún momento ser parte de sus gananciales. Más de uno
sale a ver cómo se puede lograr, y es entonces cuando estos comediantes oscuros
aparecen e insinúan a los que están detrás de estas mentalidades para decirles
de qué manera lo pueden lograr.
“Conciencia” lo sabía.
– No todo, conjeturó el comisario Rincón.
¿Cómo puede ser creíble que toda una familia
conspire contra una persona, le haga creer que necesita un hijo pródigo ya que
no lo tiene, y con los años…?
-Qué bello, dijo “Conciencia, adelantándose.
-Lo ve, respondió el comisario.
-Está loco, dijo otra voz.
Esta, parecía conocerlo muy bien.
-Pobrecito, dijo.
Eran esa especie de brujas maldicientes que
con sus lenguas ridiculizan a más de uno, y crean zozobra entre la comunidad
que viven, y así a veces pueden ofrecer esos espectáculos idénticos a las pinturas de Goya en España, que ni
el propio pintor si viviera, los podría reflejar.
-Aves de mal agüero, replicó el
comisario.
Si. “Conciencia” lo sabía todo.
Los crímenes perfectos eran orquestados desde los tiempos sin tiempo,
mientras que el reloj biológico iba agonizando, y entonces estos personajes
trataban de aligerar sus muertes.
-Los envidio, dijo “Lengüitas”.
-Su lengua es viperina, arguyó “Conciencia”.
El comisario sabía muy bien de estas
historias. ¿A cuántos no mataban luego que regaban el cuento de que murió
porque era un pícaro que se quería quedar con una casa, mientras por debajo de cuerda
había otra herencia?
- ¿Entonces, se acuerda de “Lengüitas”?
- ¡Ah! Recordó el comisario. Dirá, "Lenguilarga".
Hubo un tiempo en que estos mostraron sus
ganas mediante otras formas, como para ir creando la cizaña sicológica. El
comisario recordó cuando la tía de “El Embrujado” apareció en la casa con dos
gaticos ciegos que le regalaron en una caseta cercana al Ministerio de la
Defensa, y que quedaba en el Centro Administrativo Nacional (C.A.N.) en Bogotá.
“El Embrujado” los atisbó a tiempo, y le dijo:
-Son ciegos.
Aunque claro que este se confundía
frecuentemente porque no podía entender cómo al final de su vida Borges se pudo casar con la que fue su admiradora y
secretaria de toda una vida. Ni siquiera sabía que unos amigos cercanos eran
tan dobles, que Mata Hari, la célebre espía, les quedaba en
pañales. No lo entendió. Oscar, el cuñado de Memín que quedó desorientado
cuando en una ocasión en que venía de Villavicencio a Bogotá, en uno de esos
corrimientos de la tierra, al bajarse de su carro a orinar en un recodo de la
carretera, a sus hijos y mujer se los tragó la naturaleza, que ni siquiera
escuchó sus lamentos. Y estos, si no eran asesinatos perfectos. Eran una
desgracia. Aunque es de suponer que debió oírlos gritar cuando la tierra en su
hundimiento se los engulló para siempre, y aun cuando este siempre afirmó que
ni siquiera los escuchó en el momento que hizo tal afirmación. No sería, lo
contrario. ¿La naturaleza le ayudó a deshacerse de ellos? Su mal comportamiento
que tuvo después, bien podría ser una consecuencia de sus decisiones. Y sin
embargo, uno no puede afirmar nada de una persona porque no es un juez ni Dios
para juzgarla.
Mucho menos lo entendió “El Embrujado”, que al
ir a buscar a su papá en alguna ocasión en San Victorino, los encontró ebrios
en una cafetería y otras muchas veces más a cuenta de este, y que solo lo
comprendió al final de su vida, cuando intuyó que en realidad el que pagaba
todo era su propio padre a pesar que este nunca tomaba licor, y que eran conocidos suyos mucho antes que “El
Embrujado” los conociera, y a pesar que él mismo se los había
presentado como amigos, nunca supuso que se conocieran desde antes porque la mami de Memin trabajaba en una notaría muy famosa del centro de Bogotá y que luego de pensionarse se iría a trabajar con la notaría de Soacha, y su padre, un pensionado de la policía que terminó ejerciendo de abogado en Villavicencio y que murió de un infarto.
Dedujo entonces que las muchas cosas desastrosas que le fueron pasando en “La
Casa Embrujada” era como si los maleantes supieran para dónde iba, o qué iba a
hacer, tanto que cuando lo intentaron matar varias veces, ya sabían dónde estaba. Y lo hacía
como para que…
-Maleficios, dirían los que creían en brujerías.
-Mentiras, dijo el comisario Rincón.
-Le lavaron el cerebro, dijo “Conciencia”.
- ¿Quién lo podría creer? Repostó el
comisario.
-Estos personajes son delincuentes, comentó el
comisario Rincón.
Así eran los misterios de los asesinatos
perfectos. Los conocían los más cercanos que estuvieron con sus víctimas, y
siempre aparentaban otra cosa, incluso después de lograr su cometido.
En “La Casa “Embrujada” todos estos farsantes
demostraron lo que eran. Ejercieron su poder mediante el miedo y
la zozobra, y usaron los recursos del estado para ejercer su dominio y demostrar
que la vida no valía nada, aparentando que en realidad eran los propios
defensores de esta. Al regresar comenzó otra historia, y a su vez hizo
parte de toda esa escalada de persecuciones donde los delincuentes resultaron
ser de los mejores, y los pobres diablos que no tenían nada entre los bolsillos
mucho menos tendrían derecho a vivir tranquilamente.
Una vecina, esposa de un gendarme, que resultó viviendo en aquel
interior donde estaba la casa de la tía, se encargó de otras componendas más
falaces que en los tiempos en que Damián casi lo castra, y luego que algunos
familiares parece que también quisieron participar del festín.
- ¿Primorov -el paracaidista- también?
- Lo ve, dijo “Conciencia”. Está escuchando
voces.
El comisario Rincón se atenía a su propia
experiencia.
-Bobo, le gritaban.
Les pudo ver sus rostros, y sabía que eran
familiares. Andaba aturdido, y ni siquiera esto le importaba. Resultó regalando
sus libros más preciados de electrónica y sus herramientas conseguidas con
esfuerzo en Venezuela por nada, porque en verdad había perdido la noción del
tiempo y del valor de las cosas.
Por las calles varios granujas salieron a
hacer sus viles trabajos desde donde según parecía de lo alto del poder alguien
organizaba todas sus componendas, qué cuando se quería peluquear en cualquier
barrio lo trasquilaban, o si compraba algo o vendía cualquier cosa, algo salía
mal, y así lo fueron metiendo en esos trabajos sicológicos donde le decían
marica, e incluso hasta en algunas tiendas le cobraban nuevamente después de pagar,
con el cuento de que no lo había hecho, y muchos incluso a sus espaldas en los
buses le hablaban de lo lindo mediante susurros en los oídos, pues sabían que
escuchaba voces, y mediante esta manera lo quisieron llevar al cementerio. Como
sabían que estaba así, adrede usaron sus tácticas siniestras con el fin de
hacerle creer que era maldito, mientras el común de la gente lo creía loco que
incluso el rumor de muchos canallas le salió a atracar por cuenta de estos.
Luego supo que hacían parte de una escuela donde aprendían a robar y a
delinquir. Muchos eran vendedores de calles y rebuscadores, y
comediantes de malas pulgas que salieron a ganarse su premio, y fue
entonces cuando comprendió que en este país había villanos que estaban en lo
más alto del poder.
- Una tía hermana de su papá, le decía, que lo
confundían.
Un peluquero del Espinal, también se lo decía.
Y así, sometido a toda esta serie de persecuciones, llegó el hijo putativo de
la tía…
-No me cuente eso, dijo “Conciencia”. Ya lo
sabemos.
-Los demás no, dijo el comisario. Si no se
cuenta…
Era cierto. Eran unas historias tenebrosas
donde el aquelarre de aquellas maldicientes lenguas cometió sus peores
infamias, mientras trataron de llevarlo a los mismísimos infiernos.
- ¿Sabe, qué querían hacer cuando aquel matarife
le preparó la hamburguesa?
-Sí, respondió el comisario. Ya tenían el plan
perfecto.
Si se hubiera tragado aquel alambrillo, el
atoramiento hubiera sido tan mortal, que…No quería ni pensarlo. En esos tiempos
hasta era probable que los médicos legistas pudieran ser comprados para
favorecer dichos embustes maquiavélicos. Ese día lo llamó un paisa que vendía
por la calle en el barrio el Amparo del Kennedy para que le llevara urgente
varias gargantillas de las que hacía porque las tenía encargadas. Una familiar que estaba de visita en la casa
fue la que le dio la razón. La urgencia lo hizo salir sin desayunar dispuesto a
llevárselas, pues desde hacía días se las tenía encargadas. En la plaza de
mercado que hay antes de llegar al sector, al bajarse del bus, prefirió comerse
una hamburguesa de las que preparaba un vendedor que que tenía una especie de
carruaje que le servía de caseta a un lado de la acera y al frente de la plaza
de mercado principal de este barrio, y muy cerca de los bomberos del Kennedy,
adonde fue bien atendido por el encargado. Se le parecía mucho a uno que había
visto en “La Casa Embrujada” cuando llegó en una ocasión a visitar a los de la
casa que fueron los dueños de “Damian”, el perro pastor alemán que casi lo
castra, y se le hizo extraño porque con tanto pasar por esos lados a visitar la
clientela que tenía, no lo había visto. Sin embargo esperó a que este la preparara,
pues con mucho cuidado se demoró más tiempo de lo que normalmente lo hacen
cuando uno va a comerse una de afán en cualquier sitio. Sin prestar atención se la recibió gustoso, ya
que tenía como costumbre hacer lo mismo cada que llegaba a estos barrios en el negocio que le pareciera adecuado. La recibió y siguió su camino a entregar la mercancía que
tenía reservada de antemano, y se sintió a gusto cuando comenzó a deglutirla.
De pronto sintió que al masticar la carne que estaba sabrosa no la podía mascar
bien, y que a pesar de estar blanda no se desmoronaba entre sus dientes. Siguió haciendo lo mismo mientras iba mandando por el paladar los trozos de lo ya
masticado, y que a pesar de todo dentro de su boca sentía algo blando que
seguía ahí. Desde hacía días lo venían agrediendo por esas calles lo mismo que le sucedió cuando regresó, y se le hizo
raro, lo mismo que el que preparó la hamburguesa porque le parecía que era otro
al que siempre había visto. Como no podía deglutir lo que mascaba se metió los
dedos en la boca para saber qué era, y estupefacto al sacar lo que no podía
deglutir, era uno de esos cables de electricidad que tienen dentro muchos filamentos
de alambres delgados de cobre, que se parecía a los que tenía en su caja de
herramientas, y cortado el plástico por la mitad de su largor, donde se podían ver
los alambres relucientes, y la otra mitad, recubierta por el plástico o caucho,
de tal manera que esto último estaba del lado más cercano para que se sintiera
el plástico y no los alambres lo que primero sintiera. Al sacarlos, se acabó de
horrorizar más y lo arrojó a la mitad de la calle asustado. Quiso regresar pero
le dio miedo y no tenía ningún testigo a la mano, que le obligó a irse hacia
el paisa que le dejó la razón en la casa. Lo mismo le había pasado hacía días
en la décima con once en San Victorino con otro vendedor que se hacía con su
carro por esos días a vender sus sabrosas hamburguesas. Lo querían matar a como
diera lugar y en esas calles muchos lo sabían, mientras a diario le salían
policías e informantes como si en verdad
fuera un delincuente, sin contar con todos esos habitantes de calles que
parecían conocerlo muy bien, y que intuía que tenían su foto regada entre estos señalado, y que le recordaba cuando fue detenido con un amigo hacía más de
veinte años en el D.A.S. y que cuando uno de estos agentes lo llevaba por esos
pasillos que hay, pudo ver como practicaban estos agentes jóvenes que
parecían estudiantes gritando arengas en un teatro que tenían, y que estaba lleno por estos aprendices de teatro en las calles. Era el más miserable de los
menesterosos, y no tenía ningún derecho a vivir.
Fue entonces cuando recordó otra historia
sobre aquel vigilante que se encargaba de investigar, sí los hombres del más
alto poder elegidos popularmente, hacían bien sus cosas.
-Está loco, dijo “Conciencia”.
2.
-Son los más miserables., dijo el comisario.
Era cierto. Lo recordaba muy bien cuando leía
novelas de intrigas policiales donde se jugaba con el cerebro de las personas.
- ¡Brujos! Dijo “Ríos Revueltos”.
-¡Pamplinas! Gritó “Lengüitas”.
Era una vecina que parecía conocerlo muy bien
dentro de esos archivos secretos que se llevan por cuenta del estado y donde se
conoce todo sobre la vida de las personas en sus comportamientos más
recónditos, pero que para el desafortunado “Embrujado” por su autismo
urticante, y llevado por el frenesí de los criterios de libertad e igualdad que
pregonaban la mayoría de sus amigos, lo estaban marcando como el más vil de los truhanes. El comisario Rincón, lo entendía.
Vicente, un amigo de juventud le pidió el
favor que en su casa escribiera unos libelos contra un profesor en el colegio que estudiaban,
porque a sabiendas sabía que este lo haría en una máquina de escribir vieja y
destartalada que un comerciante paisa le había vendido a la tía con la que
anduvo en su compañía la mayor parte de su vida. Panfletos que sigilosamente
fueron introducidos en el colegio porque denotaban que estaban en concordancia
contra la forma autoritaria que el profesor lo hacía con ellos, pero que en esos
tiempos juveniles en realidad no valía la pena ejercer dicha actitud
librepensadora, porque al fin y al cabo merecía cierto respeto a pesar que lo
hacía con sorna política como si fueran sus enemigos por esas ideas que al fin
y al cabo vibraban como lo hizo en su momento Luis Vidales con
“Suenan
Timbres“, y que no debería haber sido óbice para semejante escándalo.
Y así lo fueron enredando.
En esos grupos políticos, hubo otro que los
impulsó a colocar tachuelas en las calles a manera de protesta, y que con los
años aprendió la lección: “Se parecían mucho a esos personajes de leyenda que
embaucan a más de uno a cometer ciertos actos non santos, basados en las
inexperiencias juveniles, y les hacían creer que eran de los mejores, razones
por las cuales parecían los redentores del futuro de la humanidad. Y así, se
caía en esas trampas. Estos personajes que le inspiraron toda su confianza
resultaron traicioneros. A la vuelta de los años se les veía ya pensionados por
el mismo gobierno del que habían despotricado, y eran de los mejores
imaginarios que el país había dado. Luego vería que sus hijos eran de ley, y
que a él le habían hecho creer que era un antisocial”. Una lección que aprendió
después que lo enloquecieron y lo intentaron matar, y que solo así los fue
conoció mejor. Además, no había sido ningún delincuente.
En otra ocasión lo invitaron con unas
compañeras a pintar paredes en las calles con consignas alusivas a la libertad,
mientras el pregonero que tenían los vendía con la policía, que los encerró en
una celda, la misma que a los pocos años fue conducido por otros gendarmes todo
loco y drogado, luego de tomarse un solo trago con un amigo de esos
tiempos, al tratar de cumplir una cita romántica con una fulana muy amiga
de Cuchumina, el que conoció desde niño, y que con los años le demostró que
estos personajes por más que aparentaran una cosa, eran torcidos; y que él
estaba marcado para que practicaran con su cerebro estos imaginarios de mala fe
que parecían ser de los mejores.
Y sin embargo…
- Así es nuestra sociedad, dijo el comisario
Rincón. Su padre era un contrabandista y además…
- ¡Billete puro! Dijo “Ríos Revueltos”. Es muy
fácil, papi, lo enredamos y… cualquier día se muere, y nadie va a saber que fue
adrede. Lo enloquecemos y punto.
En su ciudad ya había visto ese tipo de trabajos
incomprendidos. Incluso, a “Pajarito”, un primo de Cali, lo vio cómo sicológicamente
se descompuso hasta que terminó por aparecerse todo desnudo a altas horas de la
noche en la casa de una tía hermana de su papá, hasta que la policía lo
encerró, y tuvo que abandonar sus ganancias conseguidas con el sudor de su
trabajo. Así fue obligado a andar dopado de por vida por los galenos, con el
cuento de que tenía esquizofrenia.
- Así son estos trabajos, dijo “Conciencia”. Lo
amenazan en sus mismas casas y lo degradan tanto que…
- ¿Y qué…? Dijo “Lengüitas”. “Ríos Revueltos”
lo hace. Billete es billete.
En el bachillerato nocturno de la Gran
Colombia tuvo otro Rodríguez de amigo que le contó una extraña historia sobre
un cuñado que habiendo andado no se sabe en qué cosas, se descerrajó un tiro en
la cabeza, y se mató.
- Pamplinas, dijo el comisario.
Historia que conocía bien, y además coincidía
con otra que Primorov le contó sobre un hijo de papi y mami, que venía siendo
el mismo a quien acompañó a visitar a uno de sus hermanos que tenían una casa
de deportes, y que hablaba de cómo se había alcoholizado, luego de haber
abrazado ideas libertarias.
- Lo constriñeron, y así lo mataron. Dijo “Mil
Muertos”.
- Por lo que todo tiene su razón de ser,
siguió diciendo el comisario.
- Los drogan, sin que se den cuenta, dijo
“Conciencia”.
Los envician, siguió diciendo, y luego...
El comisario Rincón recordaba otra que le
contó a “El Embrujado” para que cayera en cuenta que estas mentes perversas son
dañinas, y que muchas veces caen luego de cometer muchos delitos.
“Conciencia” lo sabía. En plena avenida Décima
con Tercera, muy cerca de las Cruces, un aguerrido personaje agarró a golpes a su
mujer que estaba joven, en toda la mitad de la calle, entre el separador de los
carros. Otro salió a intervenir en su ayuda corriendo, pero por alguna circunstancia
se devolvió y…
- Asesinato perfecto, dijo el comisario.
- Sabe que este subrepticiamente lo amenazó con
un revólver, y le pegó tal susto qué…
- Lo estaban trabajando, dijo el comisario, que
ya sabía sobre este caso. En alguna ocasión le llevaron la policía a su casa
porque según la familia hacía escándalos, y decían que los amenazaba.
- Puro cuento, dijo “Lengüitas”.
- Ese trabajo es fácil, dijo “Río Revueltos”,
yo lo arreglo, y ya.
El comisario Rincón sabía que mediante la
provocación y el miedo, cuando salen esos personajes del averno con sus caras
retorcidas como sus mismos pensamientos, con sus miradas diabólicas; y actúan
mancomunadamente y a mansalva para amenazar a otro y agredirlo, todo resulta
mal para la víctima. Todos en esas calles -tal y como le sucedió a “El
Embrujado”- estaban en esa labor tan…
-Siniestra, terminó diciendo “Conciencia”.
En esos años en que “Pajarito” andaba loco por
las calles y solitario, se le apareció por la carrera Séptima cuando “El Embrujado”
iba con Anita. Precisamente la hermana del amigo del bachillerato de la Gran
Colombia, y así fue cuando esta le dijo:
-Está drogado.
Más tarde lo comprendería. Sin darse cuenta le
estuvieron dando alguna pócima, como la que les daban a los Papas de la Iglesia
Católica cuando existían rencillas en esos conciliábulos, a los que Dante acusó
y llevó al infierno a más de uno en “La Divina
Comedia“, donde hacían que comiera sandía ya abierta después de media hora,
antes de cada celebración eclesiástica, y a donde el vino….
- Si, dijo “Ríos Revueltos”. Terminan con el
tiempo envenenados por el arsénico, ya que se activa con el licor, y así se van
muriendo lentamente, sin que nadie se dé cuenta que lo están envenenado
- Antirreligioso, dijo “Conciencia”, señalándolo
con el dedo.
El comisario Rincón prefería no opinar sobre
este tema, pues conocía muy bien al personaje.
-Yo traté de advertírselo, dijo.
Y sin embargo en aquella casa infernal,
aquellos vecinos…
- ¿Son de ley?
- De mala ley, le respondió otra voz.
Escuchaba voces y les respondía, aunque muchos
mediante ese recurso le salían en las calles y le hablaban disimuladamente, en
ese trabajo tan sutil, como aquel que murió atropellado por el carro cuando
quiso defender a aquella muchacha.
- Era su padre, dijo el comisario Rincón.
“Conciencia” lo sabía, pero éste no. Era la
misma historia que Rodríguez le contó sobre su cuñado, y que su hermana se lo
contaría después cuando la conoció en la universidad Libre. Una historia que
Primorov le dijo, como si todos se conociesen, y fueran los imaginarios
perfectos.
- Billete puro, dijo “Ríos Revueltos”. Yo les
arreglo fácilmente esa dificultad.
Mientras tanto “El Embrujado” se había
ensartado en una discusión interminable contra aquellos imaginarios que le
hablaban desde el fondo de la pared, en la que fue casa del tal Ramos, hasta
cuando cayó en cuenta que estaba loco; y supo cómo lo estaban enloqueciendo.
Fue cuando supo que sus enredos eran de una
marca de familia, muy pero muy…
- Del más allá, dijo Memín.
Era cierto. Mediante transmisores en la misma
casa lo estuvieron torturando durante muchos años, y solo cayó en la cuenta
cuando le ayudó a un hijo de una amiga, a arreglar unos que no funcionaban
porque la resistencia se quemaba cuando les instalaban la electricidad.
- Hay que colocar otra de mayor vatiaje, dijo.
Y así lo hizo.
Hacía parte de un proyecto popular donde se
recolectaban todas las basuras del Abastos de Patio Bonito en Bogotá, y mediante
estos transmisores que emitían altas frecuencias inaudibles para el ser humano,
espantaban a las moscas.
- Ahora estaban practicando con él a sabiendas
que tenía varillas metálicas en la columna vertebral que le servían de antenas
para que pudiera captar las frecuencias hertzianas emitidas desde unos cuantos
metros de distancia.
Así podía escuchar los discursos amenazantes
de alguna voz de algún conocido. Ya era un “Conejillo de Indias” desde
niño por estos personajes fantasmales que seguramente conocían de algún estigma
suyo desde antes nacer.
- “No papi, no lo haga”.
Era la voz de la hija de un vecino, que había escuchado como
si un trueno hubiera pasado vertiginosamente en esa maldita casa, luego que un
Albeiro Pinzón, o como se llamara el nuevo policía que había comprado la casa
que queda a la salida de aquel interior, precisamente a donde tuvieron un
gatico que un tiempo después lo vería muriéndose y revolcándose contra el
pavimento en una acera, luego que un motorizado del averno lo arrojara al
andén, y como si le hubiera echado cianuro en el estómago, en una de las calles
del barrio Santafé, muy cerca de la plaza de mercado de Palo Quemado en Bogotá,
y que curiosamente le recordaba a otro que había visto en la calle 11 sur en el
barrio Restrepo donde había ido a acompañar a la tía a hacer un contrato de
compraventa de finca raíz sobre “La Casa Embrujada”, y adonde le sucederían
muchas otras situaciones extrañas como si en realidad fueran unos brujos.
- ¡Malditos! Les gritó.
-Pobrecito, dijo otro. Está loco.
Era una voz desconocida que nunca había
escuchado.
3.
- Pluscuamperfectos, dijo otro.
- Así los hacemos, dijo “Ríos Revueltos”.
El comisario Rincón los entendía, y por eso había regresado. En Venezuela el tal Wilmer había aparecido con su mamá en una de esas noches fatigosas por el trabajo que tenía “El Embrujado”, y lo quiso hacer aparecer como un ladrón en medio de una invitación a un bonche de palos (festejo con cerveza) junto con un colombiano de esos que negaban su nacionalidad, quienes decidieron sacarse unos bultos de cemento de una construcción de un edificio que el apátrida administraba. “El Embrujado” que se percató decidió alejarse e irse para el “Week End”, el condominio donde trabajaba, y así comenzó la historia retorcida que vivió en breve tiempo cuando en una de esas discusiones con su mujer, y ya estando en Maiquetía en otra ocupación, se fue para la costa a desestresarse, precisamente a Playa Verde, la que queda cerca de Playa Grande adonde antes laboró.
En esas estaba cuando apareció Wilmer con otro amigo en un automóvil. Era hijo de un italiano que abandonó a su mamá, y que curiosamente a juntos les gustaba festejar entre los vericuetos de esas vidas atormentadas, por la falta de dinero y de unos contratos de jardinería que hacía de vez en cuando con el gobierno local del municipio Vargas para subsistir, y le dijo:
- ¡Hey Colombia! Espéreme, que ya vengo.
Al atardecer los bañistas de Playa Verde la fueron abandonando, mientras “El Embrujado” se extasiaba con la visión en que el sol rojizo se fue escondiendo en la lejanía por el mar que lo iba ocultando entre esa línea donde el circulo de la tierra se podía ver entre las olas majestuosas, y que el viento acariciaba entre el calor de aquel bello paisaje.
- ¡Hey! Colombia espérame.
Así se lo volvió a repetir más tarde y nuevamente el tal Wilmer, y que según las últimas noticias ahora vive en las islas Margaritas.
- Espérame, se lo dijo varias veces; como si el tiempo y la hora no importaran, con el cuento de que estaban tras un negocio que no le quiso decir.
Así se lo repitió otras dos veces en ese bañadero a donde “El Embrujado” parecía estar esperando la muerte sin saber, mientras la noche llegó y los carros dejaron de circular, y aquel negocio que está sobre la playa lo estaban cerrando sus administradores. Cayó en cuenta que estaba solo y a merced de la lontananza de la vida.
Sin un carro en qué pudiera apearse para subir aquella carretera que lo llevaría a Playa Grande, y de ahí a Catia la Mar y a Maiquetía donde ahora vivía con unos árabes que administraban el condominio de Río Orinoco, y muy a pesar de que el comisario Rincón se lo insinuó al reiterarle tal y como un amigo se lo dijo:
-No de la pata.
En una de esas noches en que tuvo que trabajar a altas horas de la madrugada en aquel condominio, alguien llegó y lo llamó desde la calle y lo pudo ver y escuchar cuando le decía que se asomara. No pudo dormir tranquilo, porque en el jardín de aquella construcción que era como una especie de finca pequeña, entre esos árboles frondosos de mamoncillos, millares de murciélagos aparecían en las noches de luna llena como si fuera su único manjar en aquel paraje, y adonde el sonido de sus frecuencias se escuchaban cuando surcaban los aires, qué todo aquel que no supiera de estas historias se asustaría. Su sonido podía alterar a más de una persona que nunca hubiera visto esto, como si estuviera en un espectáculo, y por estar acostumbrada solo a ver en el cine, o leer lo mismo en las novelas de terror.
Fueron muchas noches en que no pudo dormir porque aquel paraje exuberante en el que vivía en aquel lugar de trabajo, hasta que casi al final de su estadía lo disfrutaría de una manera amarga, tan amarga como en esa noche en que Wilmer lo engañó, y tuvo que comenzar a subir a pie aquella loma por una carretera solitaria, adonde a un lado una camioneta de capó blanco lo esperaba.
Su chófer y otro hombre con una mujer disfrutaban de aquella cálida noche.
- ¡Hey! Gritó uno. ¡Venite pa´acá!
“El Embrujado” lo entendió. Su instinto le dijo que era muy probable que lo estuvieran esperando para matarlo. Entonces comenzó a correr para llegar a la cima donde estaban los edificios de la urbanización Playa Grande. Aquel negro alto de varias zancadas lo alcanzó y logró pegarle un golpazo en la parte derecha de su rostro que lo hizo tambalear en medio de la noche translucida. Sin embargo, hizo lo imposible por seguir para no dar tiempo a que lo golpeara nuevamente sin siquiera fijarse en los otros que quedaron esperándolo en la orilla de aquella carretera montañosa que del mar lo lleva a uno hacia los conjuntos de apartamentos, y que como luciérnagas alumbraban la estancia.
Un jeep de un ecuatoriano que hacía su último recorrido transportando a los turistas apareció como ráfaga en medio de esa noche que casi se convierte en mortal, y le gritó:
- ¡Colombia! ¡Subíte!
Su vida había estado en peligro, y aquella camioneta le recordaba a otra cuyo dueño lo provocó en “Los Corsarios”, y muy amigo de un teniente coronel de la guardia nacional jefe de la vigilancia antidrogas en el aeropuerto de Maiquetía.
- ¡No denuncies Colombia! Vive tranquilo.
Y así fue como “El Embrujado” regresó a su patria, convencido que medio país lo perseguía. Estaba marcado, y era una marca infame. Era un país de marcas siniestras y de corrupciones.
-Ya lo estamos investigando, dijo el comisario Rincón.
Este lo sabía desde el comienzo de los años cincuenta del siglo pasado.
- Está loco, dijo otra voz desconocida. ¿Quién le va a creer?
- Así los hacemos, dijo “Ríos Revueltos”.
El comisario Rincón los entendía, y por eso había regresado. En Venezuela el tal Wilmer había aparecido con su mamá en una de esas noches fatigosas por el trabajo que tenía “El Embrujado”, y lo quiso hacer aparecer como un ladrón en medio de una invitación a un bonche de palos (festejo con cerveza) junto con un colombiano de esos que negaban su nacionalidad, quienes decidieron sacarse unos bultos de cemento de una construcción de un edificio que el apátrida administraba. “El Embrujado” que se percató decidió alejarse e irse para el “Week End”, el condominio donde trabajaba, y así comenzó la historia retorcida que vivió en breve tiempo cuando en una de esas discusiones con su mujer, y ya estando en Maiquetía en otra ocupación, se fue para la costa a desestresarse, precisamente a Playa Verde, la que queda cerca de Playa Grande adonde antes laboró.
En esas estaba cuando apareció Wilmer con otro amigo en un automóvil. Era hijo de un italiano que abandonó a su mamá, y que curiosamente a juntos les gustaba festejar entre los vericuetos de esas vidas atormentadas, por la falta de dinero y de unos contratos de jardinería que hacía de vez en cuando con el gobierno local del municipio Vargas para subsistir, y le dijo:
- ¡Hey Colombia! Espéreme, que ya vengo.
Al atardecer los bañistas de Playa Verde la fueron abandonando, mientras “El Embrujado” se extasiaba con la visión en que el sol rojizo se fue escondiendo en la lejanía por el mar que lo iba ocultando entre esa línea donde el circulo de la tierra se podía ver entre las olas majestuosas, y que el viento acariciaba entre el calor de aquel bello paisaje.
- ¡Hey! Colombia espérame.
Así se lo volvió a repetir más tarde y nuevamente el tal Wilmer, y que según las últimas noticias ahora vive en las islas Margaritas.
- Espérame, se lo dijo varias veces; como si el tiempo y la hora no importaran, con el cuento de que estaban tras un negocio que no le quiso decir.
Así se lo repitió otras dos veces en ese bañadero a donde “El Embrujado” parecía estar esperando la muerte sin saber, mientras la noche llegó y los carros dejaron de circular, y aquel negocio que está sobre la playa lo estaban cerrando sus administradores. Cayó en cuenta que estaba solo y a merced de la lontananza de la vida.
Sin un carro en qué pudiera apearse para subir aquella carretera que lo llevaría a Playa Grande, y de ahí a Catia la Mar y a Maiquetía donde ahora vivía con unos árabes que administraban el condominio de Río Orinoco, y muy a pesar de que el comisario Rincón se lo insinuó al reiterarle tal y como un amigo se lo dijo:
-No de la pata.
En una de esas noches en que tuvo que trabajar a altas horas de la madrugada en aquel condominio, alguien llegó y lo llamó desde la calle y lo pudo ver y escuchar cuando le decía que se asomara. No pudo dormir tranquilo, porque en el jardín de aquella construcción que era como una especie de finca pequeña, entre esos árboles frondosos de mamoncillos, millares de murciélagos aparecían en las noches de luna llena como si fuera su único manjar en aquel paraje, y adonde el sonido de sus frecuencias se escuchaban cuando surcaban los aires, qué todo aquel que no supiera de estas historias se asustaría. Su sonido podía alterar a más de una persona que nunca hubiera visto esto, como si estuviera en un espectáculo, y por estar acostumbrada solo a ver en el cine, o leer lo mismo en las novelas de terror.
Fueron muchas noches en que no pudo dormir porque aquel paraje exuberante en el que vivía en aquel lugar de trabajo, hasta que casi al final de su estadía lo disfrutaría de una manera amarga, tan amarga como en esa noche en que Wilmer lo engañó, y tuvo que comenzar a subir a pie aquella loma por una carretera solitaria, adonde a un lado una camioneta de capó blanco lo esperaba.
Su chófer y otro hombre con una mujer disfrutaban de aquella cálida noche.
- ¡Hey! Gritó uno. ¡Venite pa´acá!
“El Embrujado” lo entendió. Su instinto le dijo que era muy probable que lo estuvieran esperando para matarlo. Entonces comenzó a correr para llegar a la cima donde estaban los edificios de la urbanización Playa Grande. Aquel negro alto de varias zancadas lo alcanzó y logró pegarle un golpazo en la parte derecha de su rostro que lo hizo tambalear en medio de la noche translucida. Sin embargo, hizo lo imposible por seguir para no dar tiempo a que lo golpeara nuevamente sin siquiera fijarse en los otros que quedaron esperándolo en la orilla de aquella carretera montañosa que del mar lo lleva a uno hacia los conjuntos de apartamentos, y que como luciérnagas alumbraban la estancia.
Un jeep de un ecuatoriano que hacía su último recorrido transportando a los turistas apareció como ráfaga en medio de esa noche que casi se convierte en mortal, y le gritó:
- ¡Colombia! ¡Subíte!
Su vida había estado en peligro, y aquella camioneta le recordaba a otra cuyo dueño lo provocó en “Los Corsarios”, y muy amigo de un teniente coronel de la guardia nacional jefe de la vigilancia antidrogas en el aeropuerto de Maiquetía.
- ¡No denuncies Colombia! Vive tranquilo.
Y así fue como “El Embrujado” regresó a su patria, convencido que medio país lo perseguía. Estaba marcado, y era una marca infame. Era un país de marcas siniestras y de corrupciones.
-Ya lo estamos investigando, dijo el comisario Rincón.
Este lo sabía desde el comienzo de los años cincuenta del siglo pasado.
- Está loco, dijo otra voz desconocida. ¿Quién le va a creer?
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